Nos cuentan que...

... en 1857, un hijo de la gran bretaña, fitz hugh ludlow publicó un libro, ("the hasheesh eater"), en el que acuñaba por primera vez el término "onfalocéntrico" para designar a la persona egocéntrica que se recrea obsesivamente en su propio mundo.

El tal fitz no tuvo la suerte de conocer el micromundoblog, de haberlo hecho seguro que no hubiera dudado en cambiar la palabra "ombligo" por la mucho más exacta de "bitácora".

Y quizá donde se muestre sin rebujo y más a las claras la presuntuosa desfachatez con la que nos arrogamos el derecho de alabarnos y halagarnos a nosotros mismos (-sin que nadie nos lo pida y sin que a nadie más le importe-), es cuando nos empeñamos en revestir nuestra vanidad inventando una y otra vez almibaradas listas de los "másdelosmásquesonlosmás", galardones, recompensas, distingas, distinciones, estímulos, laureles y/o condecoraciones bitacoriles varias (suman y siguen) en un sonrojante "intercambio de cromos" que algunos !encima!, intentan revestirlos de pretendidos métodos científicos o extraños instrumentos demoscópicos (por cierto, carentes del más mínimo y elemental rigor) que no servírian ni como sociología recreativa.

Ya resulta insoportable el exceso de bitácoras "profundas", como para que ahora algunos pretendan darles aires de seriedad y circunspección sometiéndolas y transformándolas en sesudas investigaciones parapseudocientificas.

Los resultados no pueden producir otra cosa que risa, pero risa atravesada, siniestra. Una risa con muy mala leche. Muy de aquí. La de cualquiera medianamente lúcido que esté un ratito asomado a este micromundoblog y observe la demagogia y la tontería que nos gastamos.

Todo esto (la tontería y la demagogia que nos gastamos, no el "blog" como tal) tendrá algún sentido y seguirá funcionando mientras le sirva al listo de turno para cobrar entrada en alguna conferencia (cuyo título bien podría estar en la carta de un restaurante pismoderno), montarse un cutre chiringuito con secretas -o no tanto- aspiraciones a pelotazo, publicar un libro con el que engordar su currículo de universitario trepa (un verdadero filón de promoción personal por lo novedoso y exótico del tema) o, simplemente, orfidalizar el ego escuchando frases hechas sobre lo mucho que reverenciamos al famoso bitacorero de turno ("famoso" desde que una vez su nombre apareciera citado en un gratuito -hecho celebrado de la forma que se merecía un acontecimiento así, sólo comparable con la llegada del hombre a la luna-)y al que trataremos por su apelativo cariñoso desde que tan desinteresadamente fue capaz de dedicarnos un trozo de su precioso tiempo compartiendo sus infinitos e impagables conocimientos con el resto de los pobrecitos mortales.

Mucho tendrían que cambiar las cosas. Mientras eso no ocurra esto no es más que un entretenimiento, no se nos debería de olvidar. Es legítimo, es divertido, pero no caigamos en el ridículo tratando de parecer transcendentes.

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